miércoles 15 de abril de 2009

El lazo negro (In memoriam de José Alonso Rodríguez, Juan Ramón)


Qué raro nos resulta en Semana Santa ver un paso que no lleve en su frontal o en sus varales un lazo negro. Ese lazo negro que todas las hermandades colocan en señal de luto por los hermanos fallecidos durante ese año. Hermanos, cofrades, familia y amigos, que no volverán a acompañar a sus Titulares nunca más aquí en esta ciudad de Almería, pero que sin duda seguirán unidos a sus devociones de por vida allá en el cielo.

Nadie discute la buena fe que tienen las hermandades en tales fechas, que para un cofrade son las más importantes del año: unas fechas grandes para nosotros, que nos llevan a recordar a los seres queridos que siempre han estado a nuestro lado y junto a los que siempre hemos compartido alegrías y sufrimientos, en mi caso, como año tras año debajo de los pasos. Esa persona especial que siempre durante la estación de penitencia se acerca en varias ocasiones a tu lado y te pregunta “¿Hijo, cómo vas?”, esa persona que hace que tú, viendo que se siente contenta y orgullosa de ver a su hijo dando todo lo que tiene debajo del paso, contestes siempre que todo va bien.

Esta Semana Santa cuando vea ese lazo negro delante del paso, tal vez diga: este lazo no es para mí, porque yo siento que llevo, y llevaré de por vida ese lazo negro en mi corazón. Ese lazo que conforme se acerque el Viernes Santo irá apretando poco a poco el alma, ese lazo que hará que el nudo que tiene te llegue a la garganta hasta no poder tragar saliva, ese lazo que logrará que se suelten unas lágrimas que uno creía que ya no tenía porque pensaba que se gastaron en otro momento, ese lazo que te aprisionará la cabeza con un único pensamiento, ese lazo que te taponará los oídos esperando escuchar su voz de ánimo y de preocupación, y como no, un lazo que irá unido a otros lazos negros de familiares y amigos.

Dicen que el tiempo lo cura todo, en mi caso seguramente ese nudo que tiene el lazo se irá poco a poco aflojando, dejando de ser tan tirante conforme pasen los años, como el nudo de una zapatilla con el transcurso del tiempo. Tal vez eso sea cierto, pero lo que será igual de cierto que esas cicatrices que dejará este lazo, estarán de por vida en nuestros corazones.

Familiares de Juan Ramón (José Alonso Rodríguez)

viernes 21 de noviembre de 2008

A la Virgen de la Soledad, de José María Pemán

Virgen de la Soledad:
rendido de gozos vanos,
en las rosas de tus manos
se ha muerto mi voluntad.

Cruzadas con humildad
en tu pecho sin aliento,
la mañana del portento,
tus manos fueron, Señora,
la primer cruz redentora:
la cruz del sometimiento.

Como tú te sometiste,
someterme yo quería:
para ir haciendo la vía
con sol claro o noche triste.
Ejemplo santo nos diste
cuando, en la tarde deicida,
la soledad dolorida
por los senderos mostrabas:
tocas de luto llevabas,
ojos de paloma herida.

La fruta de nuestro Bien
fue de tu llanto regada:
refugio fueron y almohada
tus rodillas, de su sien.
Otra vez, como en Belén,
tu falda cuna le hacía,
y sobre Él tu amor volvía
a las angustias primeras...
Señora: si tú quisieras
contigo te lloraría.

JOSÉ MARÍA PEMÁN

jueves 23 de octubre de 2008

A la Soledad

Aunque tu nombre es Dolores
te llamamos Soledad,
pues regresas del sepulcro
donde acabas de dejar
tu corazón destrozado
por el agudo puñal
que mis pecados clavaron
en tu pecho de cristal.
¡Ya no tienes el espejo
donde te solías mirar!
Se te rompió en el Calvario.
-El más sacrosanto Altar-
donde se inmoló tu hijo
como hostia sin igual.
No tienes aquellas manos
que te partían el pan
ni sus pies que fueron sendas
de Fe, de Amor y Verdad.
Ya no te alumbran sus ojos
-Hogueras de caridad-
y que incendiaban de amores
cuanto solía mirar.
También su voz se ha callado
y sin ella mudas estas.
Sola te vuelves María
y tu desconsuelo es tal
que aunque tu nombre es Dolores
Te llamamos Soledad.
José Rafael López Usero
Semana Santa 1991

lunes 2 de junio de 2008

La Soledad vista por un cofrade del Amor

Es la procesión que pone broche de oro a la Semana Santa de Almería la noche del Viernes Santo. A esas alturas, los cuerpos cofrades ya están al borde de la extenuación; pero todos sacamos fuerzas de flaqueza para acompañar en su procesionar por el casco antiguo de nuestra ciudad a Nuestra Señora de los Dolores en su Soledad. El actual horario de salida, bastante más temprano que hace unos años, facilita el poder ver la que yo llamaría “la procesión de las saetas”.


Yo quisiera ser saetero
para hacerte una saeta
y en ella mandarte entero
mi corazón de poeta.


Y es que, si algo caracteriza al desfile procesional de la Soledad es la gran cantidad de saetas que le cantan, desde el mismo momento de su salida del templo de Santiago, a las ocho y cuarto, hasta la hora de su encierro, no antes de la una de la madrugada. A pesar de que están en la mente de todos, no citaré nombre alguno, para evitar olvidos. Dos momentos son especialmente emotivos: la salida de la iglesia por la puerta de la calle de las Tiendas. Digo mal: incluso antes de salir, con la Soledad todavía en el interior del Templo, la desgarrada voz de María José Pérez se deja oír para acompañar a la Virgen en su dolor.

El aire mece en sus brazos
una saeta angustiada,
que se rompe en un sollozo
cuando te ve desolada.

Ya en la calle, Manuel Fernández Gil, a duras penas hace avanzar a su cuadrilla, puesto que empalman las saetas, una con otra, distintos cantaores y cantaoras almerienses. Una hora tarda la Virgen en realizar un recorrido de apenas diez metros hasta la primera revirá hacia la calle Hernán Cortes. A partir de ahí podemos hablar de la “procesión de las plazas”.

Molde de la estrecha vía, dos hileras luminosas,
prisionera de las rosas, viene la Virgen María.
De plata y de predería lleva las andas repletas
y a su paso las saetas, para su lujo y derroche,
se van clavando en la noche, constelada de saetas.


Visita la Virgen siete bellísimas plazas del casco antiguo, a las que la mayoría de almerienses tan solo se acercan en Semana Santa. A saber: Plaza del Monte (¡aquel entrañable Monte de Piedad!), Plaza de la Administración Vieja (“la de Radio Juventud” para muchos almerienses), Plaza Jesús de Medinaceli (¡qué acierto haberla recuperado para Almería!), Plaza Bendicho (mi recuerdo siempre en ella para mi tío, el impresor Pepe Bretones), Plaza Masnou (la marcha habitual deja paso a un respetuoso silencio al paso de la Virgen), Plaza Virgen del Mar (la Patrona de Almería acompaña desde su camerino en su dolor a la Soledad) y Plaza de San Pedro (su Hijo muerto se ha quedado en el interior de la iglesia que da nombre a la plaza).

Sola se marchó María,
toda temblando de ausencias,
mientras el prisma macizo
de sus dolores le asesta
siete puñaladas hondas
en su corazón de estrella.


La Soledad avanza en silencio por las calles del casco antiguo de Almería. ¡Qué pena que los distintos consistorios y los almerienses en general solo se acuerden de él los días de Semana Santa! Entre fachadas de piedra pulcramente restauradas y otras sumidas en el abandono, la Soledad ha de detener su Vía Crucis particular a los desgarrados sones de anónimos saeteros, que quieren permanecer semiocultos en un recoveco cualquiera de la calle Juez o Arráez o Valente o Real. Cualquier rincón es bueno para acompañar a la Virgen.

Llora el viento estremecido
por entre las calles y plazas.
Se callan los pajarillos,
en las fuentes llora el agua
y todo llora contigo,
Señora, cuando Tú pasas.


José Luis Laynez Bretones
Cofrade del Cristo del Amor

viernes 28 de marzo de 2008

Santiago

DIME, SANTIAGO, QUÉ SE SIENTE,
CUANDO ELLA VUELVE DE NOCHE EL VIERNES SANTO,
DIME CÓMO SE VE DESDE ALLÍ ARRIBA
EL DOLOR, EL LLANTO, LA RECOGÍA.

DIME, SANTIAGO, QUÉ SE SIENTE
SABIÉNDOTE PROTEGIDO POR SU MANTO,
ENCONTRÁNDOLA DE NOCHE ENTRE TUS MUROS SOLEANOS,
CEDIÉNDOLE TU ALTAR UNA SEMANA AL AÑO.

DÍMELO, SANTIAGO, QUE NO LOGRO IMAGINARLO,
CÓMO LE HABLAS, QUÉ LE DICES PARA CONSOLARLA
CUANDO ERES ÚNICO TESTIGO DE SUS LLANTOS
ESAS NOCHES EN QUE DE VERDAD SE SIENTE SOLA.

SABES BIEN, SANTIAGO, QUE YO TAMBIÉN SOÑÉ
QUE UNA NOCHE LA ABRAZABA Y LA BESABA,
SOÑÉ QUE ELLA LLORABA LARGA Y MANSAMENTE
EN MI REGAZO, EN MI HOMBRO DE HIJO SOLEANO.

DIME, SANTIAGO, TÚ QUE LA VES CUANDO SONRÍE,
¿VERDAD QUE HAY NOCHES EN QUE RÍE?
QUÉ BELLEZA IMAGINARLO, ¡QUÉ BELLEZA!
HASTA EN ESO ELLA DEBE SER PERFECTA.

DÍMELO, SANTIAGO, POR LO QUE MÁS QUIERAS,
DIME QUE HAY NOCHES DE VERANO
QUE NO ERES DESPERTADO POR SUS LLANTOS.
DIME QUE AUNQUE SE NOS MUERE DE PENA
ELLA TAMBIÉN DESCANSA DE SUFRIR EN PRIMAVERA.

Álvaro Blanes Pérez
Boletín de la Cofradía 2008

martes 11 de diciembre de 2007

Soledad que caminas en silencio


Soledad de una madre que camina en silencio
Almería revive hoy la muerte, porque
intuimos en sus pupilas oscuros presentimientos, porque
incienso es el árbol que agita el viento.
La cera ilumina su semblante
y recuerda estremecida cómo alguien mandó juzgarle,
era hijo de su vida; era hijo de su sangre,
pero… culpable, el tribunal le declaró culpable,
de sembrar de paz y amor los caminos;
de ahogar las penas para convertirlas en glorias;
de hacer de su cuerpo pan y vino;
de tener un sendero plagado de historias;
de sudar con el que suda en la vida;
de tener un perdón que abruma las miradas;
de cantarnos la Semana Santa a golpe de saeta;
de ser dueño de la alborada.

Injusto Pilato,
fiscales necios,
¿Por qué hacéis llorar a una madre,
por qué esta Soledad del desprecio?

Hoy es Viernes Santo
miramos desde Santiago tu salida;
con lágrimas color diamante,
con quietud en su mirada transparente,
y el alma que nos trae recuerdos de antes,
la Soledad camina ciegamente.
La flor que se postra al perfumarte
contornea tu camino de martirio,
aquellos que negamos a tu hijo
te acompañamos hoy elevando un cirio.

Madre de la Soledad,
Soledad de espinos, del madero,
maderos de crueldad y de hombres,
hombres que somos hoy tus costaleros.

Viernes Santo de misterio,
ya se aleja el cortejo,
se pierden las miradas por la calle Mariana
las almas te siguen sin perderse,
la Virgen de la Soledad llora la muerte.
Las campanas de tu sentir
ya no tocan, ya se duermen.
Solo despierta el silencio
el cantaor que te espera conmovido,
en la calle, bajo los faroles,
perfumado por tu caso y bañado por el rocío.
La madrugada ha calado en nuestros rostros,
y vuelves a refugiarte en el templo
allí quisieras vernos todo el año,
aunque sabes, Señora, que a veces lo olvidamos.

Ya descansas en tu capilla,
esta noche, vuelves a dormir sola.

María de los Ángeles Martínez Salvador

¿Por qué?

Porque sí. Porque desde hace años representa la viva imagen de un capataz ya viejo para los nuevos y eterno para los fieles a él. Porque supo enfocar al costalero desde el punto de vista romántico del asunto, siendo de los primeros en meterse debajo de un paso en esta ciudad que un día los romanos llamaron Porto Maro y uno de los últimos viejos capataces que aún sigue pegando martillazos cuando llega Semana Santa.

Porque cuando yo era un chiquillo, en algún ensayo cualquiera de un lunes de Pascua se acercó hasta mí, me echó un brazo por los hombros y mirando hacia el paso me dijo que éste, Alvarito, es el efecto Soledad, y se rió entre dientes, con esa media sonrisa tan suya de perro viejo. Con la misma media sonrisa con la que un día él y dieciséis hombres más se metieron debajo de Ella para salir por la puerta de Santiago y entrar de lleno en la memoria imborrable de sus compañeros, que es la única que de verdad hace eternas estas cosas.

Porque me hizo comprender que debajo de un paso son tus antepasados, tus padres, tus hermanos, tus amigos, las mujeres que aquél año estuvieron recogiendo hasta el mismo amanecer, el chaval que un día se acercó a la cruz de Mayo y ya estuvo dos semanas poniendo tapas hasta las tantas de la noche y muchos otros más que ahora la miran a Ella embelesados cuando vuelve cansada los que están ahí debajo contigo, o al menos los que han permitido que tú estés ahí debajo cada año y por los que, sin dudarlo, has de cumplir cada Viernes Santo. Y pienso yo para mí que a lo mejor es eso lo que ha de entender un costalero por devoción.

Porque aún me entra una melancolía muy mía si recuerdo aquellos “Alvarito hijo, llámate un poquito”, que no eran sino defectos míos de juventud por no saber fijar una pata, pero que tenían la dichosa virtud de hacerme feliz. Porque me hizo llorar aquél año, frente a las Puras. Porque me enseñó que cuando Ella vuelve de recogía, la Soledad pone orden en el desconcierto que los capillitas organizamos durante el resto del año. Sin más armas que sus lágrimas y sus ojitos de pena, Ella nos enseña cada año, a las puertas de Santiago, qué es Semana Santa.

Por todo esto y mucho más, y a pesar de sus posibles defectos, para mí ha sido y sigue siendo el mejor capataz de Almería. Y creo que es motivo suficiente para dedicarle, qué menos, esta humilde página. A don Manuel Fernández Gil. Capataz de capataces.
Álvaro Blanes Pérez
Pamplona, 31 de Agosto de 2006